Retazos de una década prodigiosa

José Barberá

Me invita Víctor Castelo a contribuir a esta edición especial del Boletín RedIRIS para conmemorar el décimo aniversario del nacimiento de la red española de I+D (RedIRIS desde hace unos 7 años). Invitación que atiendo gustoso, aunque con una cierta pereza de tener que escribir sobre un tema que, si bien ocupó un espacio importante en mi vida profesional de hace algunos años, me resulta mucho menos apasionante en la actualidad. No porque el tema en sí no sea importante, sino por el hecho de haber superado con creces las fases primeras de concepción y puesta en marcha, etapas de gran vitalidad por cuanto que entonces las cosas estaban menos claras: los protocolos, el modelo de funcionamiento, la financiación, etc. Y, por qué no decirlo, por aquellas desavenencias (rencillas, peleas, cabreos... cada cuál lo recordará a su manera) que nos subían el tono vital y estimulaban la imaginación de los que se querían implicar --cada cual a su estilo y con sus capacidades-- en promover la red y sus servicios.

Bien, en términos musicales diríamos que esto ha sido un impromptu. Ha servido para arrancar, pero me temo que ahora toca decir algo con contenido, algo relacionado con la red y con su historia. Algo que apunte hacia la evolución en los años que quedan hasta el siguiente milenio. Para ello voy a concentrar el discurso de mi contribución en dos temas: el primero sobre la evolución de la Internet en estos años; el segundo, más cercano, sobre asuntos más directamente vinculados a RedIRIS. Es una visión particular de acontecimientos con la que se puede estar o no de acuerdo. Por descontado que no trato de sentar cátedra, pero doy asimismo por supuesto la libertad de cátedra que ha existido siempre en este boletín a la hora de exponer puntos de vista personales. En cualquier caso, voy a tratar de usar el lenguaje coloquial y directo que algunos de vosotros recordaréis de etapas anteriores, y que en más de alguna ocasión habréis tenido que sufrir.

La Internet: un boomerang en el camino de vuelta

Es curioso. Resulta que ahora la mayoría de los grandes proveedores de servicio Internet (PSI) son los operadores de telecomunicaciones tradicionales y otros de nuevo cuño, o bien alianzas multinacionales de aquellos. Seguramente muchos olvidan o ignoran los motivos por los que surgió la red de redes. Ni más ni menos que como reacción al servicio de los telcos de aquella época (años 60-70), a sus redes tradicionales de conmutación de circuitos y a su modelo de negocio en régimen de monopolio. Los promotores de ARPANET querían encontrar un sistema eficaz de comunicaciones para el intercambio de tráfico entre ordenadores de uso científico. Para ello contaban con una técnica de conmutación inapropiada y con unas líneas caras, de escasa capacidad, y de calidad y fiabilidad relativamente baja para la comunicación de datos.

Por tal motivo, en ARPANET se ideó la técnica de conmutación de paquetes. En lugar de establecer asociaciones permanentes para el intercambio de datos entre extremos de origen y destino, la información se dividía en paquetes, que se enviaban por diferentes caminos, que se podían perder y llegar en desorden, pero que finalmente se recomponían en el sistema final para reproducir fielmente el mensaje original. Los detalles técnicos son bien conocidos. Lo único que quiero destacar aquí es que esto que ahora parece evidente no lo parecía tanto en aquellos años. La reacción inicial de los telcos fue de desinterés, recelo e incluso de desprecio. De hecho, los técnicos de AT&T no quedaron convencidos de la utilidad de ese nuevo modo de comunicación hasta que comprobaron el funcionamiento de ARPANET durante una conferencia internacional de comunicación de ordenadores.

Luego los telcos inventaron "su" técnica particular de conmutación de paquetes, menos anárquica y más ordenada, basada en circuitos virtuales (emulación de los circuitos reales conmutados). Reacción lógica, por otro lado, de empresas de servicio serias, que no podían entender ni tolerar un trasiego anárquico de paquetes por sus redes. Además, de ese modo se podía tarificar por tiempo de uso y por volumen de tráfico, aspecto no poco importante para la cuenta de resultados, pero que no preocupaba demasiado a la comunidad científica de ARPANET. A partir de entonces, las redes de datos de los operadores y las de los investigadores caminaron por caminos separados. De este modo nació y creció Internet, ampliando la gama inicial de usuarios investigadores con otros de organizaciones más cercanas al mundo comercial.

Casi como de repente, a partir de 1993 los telcos se interesan por la Internet y por la posibilidad de entrar en un nuevo negocio. Y empiezan a entrar por el aro de un modelo desconocido de funcionamiento, en el que no es tan claro que se pueda facturar por tiempo de uso o por volumen de tráfico, en el que no se sabe muy bien quién es el dueño de qué partes de la red, en el que no se distingue el tráfico nacional del internacional, donde no está muy claro quién tiene autoridad para acordar los estándares, etc. ¿Qué había ocurrido? Pues que la Internet se había extendido por todos los continentes de forma bastante espontánea, gracias al interés de los usuarios por acceder a un sistema abierto de comunicaciones, sin fronteras geográficas, ni tecnológicas, ni culturales, ni (casi) políticas. Todo ello gracias a la tecnología de los protocolos TCP/IP y a un sistema universal de nombres y direcciones, el DNS, comparable únicamente al sistema telefónico de numeración, que permite alcanzar cualquier teléfono del mundo desde cualquier otro.

Por lo que nos toca de cerca, vale la pena recordar ahora brevemente la reacción de Telefónica. Hasta bien entrado 1994 los responsables máximos de los servicios de datos no querían siquiera oír hablar de Internet. Les sonaba como algo extraño, útil quizás para la gente rara del mundo investigador, pero poco serio para sus clientes empresariales. Además, la Internet era algo de los norteamericanos, con fuentes de información en inglés y de escaso interés para el gran público de nuestro país. Para ellos Telefónica ofrecía el Ibertex, producto auténticamente genuino y castizo para acceder a fuentes de información on-line. Afortunadamente, aunque con algo más de retraso de lo que habría sido deseable, el elefante dormido reaccionó. En parte gracias a la visión de personas que, si bien no ocupaban puestos directivos de relevancia, empeñaron sus esfuerzos personales en embarcar a Telefónica en la nueva aventura. Y quiero destacar entre ellos a Vicente Sánchez, que creo no necesita presentación para la mayoría de los lectores.

Y así, Telefónica creó InfoVía. Una especie de Internet españolizada (cerrada), por cuanto en su esencia y concepción inicial InfoVía perseguía sustituir la funcionalidad del Ibertex por un sistema más moderno y flexible de acceso, basado en los mismos protocolos de la Internet. El lanzamiento comercial de InfoVía fue un éxito, pero no por la información accesible en los dominios ".inf" sino más bien por la contenida en otros tales como ".com", ".edu", ".org", ".es", etc. Es decir, por facilitar el acceso abierto a la Internet, con un sistema universal, barato, con tarifa metropolitana, etc., todo eso que reza en la propaganda hablada y escrita de Telefónica. ¿Qué pasó después? Ocurrieron dos cosas. Por un lado, la Administración española puso pegas sobre la naturaleza de un servicio que se podía considerar de valor añadido y que levantó las quejas de otros proveedores. Por otro, que la popularidad de InfoVía hizo crecer como hongos el número de PSI y de usuarios, con el consecuente deterioro de la red telefónica convencional, diseñada para un patrón de tráfico de voz bien distinto del generado a través de InfoVía.

Como consecuencia de todo ello, InfoVía desaparece en diciembre de 1998. Telefónica crea la red UNO IP, que viene a sustituir a su red tradicional de datos. Según la información disponible, UNO IP es un robusto backbone con 140 nodos de acceso distribuidos por todo el territorio nacional. Al mismo tiempo, se sustituye InfoVía por InfoVía Plus, con características mejoradas, aunque manteniendo asimismo el esquema de tarifas metropolitanas desde los distintos puntos de acceso. Nada que objetar desde el punto de vista técnico. Únicamente que Telefónica podía haber empezado a hacer las cosas bien mucho antes. Pero, en fin, más vale tarde que nunca. Ya veremos qué pasa con los pobres PSI que basaron su negocio en el modelo anterior de InfoVía. Pero así es la vida, el pez grande se come al pez chico. Por otro lado, uno no puede menos que asombrarse cuando en febrero de este año escucha al actual Consejero Director General de Telefónica hablar sólo de IP como la base de todos los servicios de datos, como si siempre hubiera sido así, casi como si Telefónica hubiese inventado y tutelado el desarrollo de esos protocolos desde siempre. Han pasado de un extremo a otro: ahora todo es IP. Aunque ya no resulta escandaloso oír hablar de telefonía sobre Internet, la semana pasada escuché a un comercial de Telefónica hablar del servicio Ibercom IP (!). Creo que en su obsesión por IPizar todo ahora, en Telefónica son capaces hasta de sustituir las guías telefónicas por las tablas del DNS.

Con todo esto hemos llegado en 1998 a una Internet que ha crecido demasiado y que ya no sirve para los propósitos iniciales. El servicio plano sin garantías se ha quedado insuficiente para usos comerciales más críticos y unos usuarios más exigentes. De este modo, en la Internet se están planteando otros modelos de servicio, con nuevos protocolos que complementen a los básicos TCP/IP actuales. Que pueda servir para acomodar nuevas aplicaciones como el vídeo y la telefonía, que garantice la calidad en función de parámetros tales como el tipo de servicio, el tipo de usuario, la seguridad, las transacciones, etc. Y, por supuesto, con un sistema de tarifas diferentes, para poder ofrecer diferentes niveles de calidad a aquellos que los demanden y estén dispuestos a pagar por ellos. ¿Quiénes están mejor cualificados para todo ello? ¿Los telcos?, ¿los PSI? Pero si ya no quedan apenas grandes PSI independientes; todos ellos son ya (o han sido absorbidos por los) telcos. Todo apunta a que, después de casi 30 años volvemos a la situación de origen. Eso sí, esperemos que los operadores de telecomunicación hayan aprendido en estos años lo que los usuarios demandan de cara al próximo milenio.

El embrollo de RedIRIS

Y mientras todo esto ocurre, ¿qué pasa con RedIRIS? Bueno, pues sigue siendo con diferencia la mayor parte de la Internet en España, aunque ya no la más conocida por el público en general. Lo cual es lógico si queremos mantenerla circunscrita a un entorno relacionado con la enseñanza superior y la investigación. Pero, en ese caso, ¿cuáles son sus características diferenciadoras respecto a otros proveedores? O, de otro modo, ¿sigue teniendo sentido tener una red diferente para las universidades y centros de investigación? ¿Sigue teniendo sentido el esquema actual de subvenciones proporcionado por las administraciones central y autonómicas? Creo que este tema viene saliendo en las últimas Jornadas Técnicas, en esa mesa redonda del final de buenos propósitos y deseos, en la que participan representantes de diversos organismos, siempre presente la CICYT, que es quien decide en último término.

La idea imperante en los últimos tiempos era que RedIRIS, en lo que son los "servicios básicos (correo electrónico, FTP, news...)", a los que tienen derecho hasta los alumnos y el personal no docente, debe de dejar de estar subvencionada. De este modo la CICYT reservaría su subvención para otros "servicios más avanzados que consumen otros recursos especializados (p. ej., navegación WWW)", destinando, además, aquella para lo que es únicamente investigación. Bueno, semejante perla la escuché a la CICYT hace ya más de un año. Posiblemente fue una mala interpretación mía y, en cualquier caso, espero que ya se hayan aclarado. Estoy seguro de ello porque en la CICYT han aprendido mucho en los últimos tiempos. Tienen hasta un Web (que, por cierto, está muy bien) y usan el correo electrónico con profusión. Esto que, dicho así, suena ahora a perogrullada, no lo es tanto para los que recordamos que en sus comienzos el Programa IRIS era para alguno de los máximos responsables de la CICYT un grano en el cu... ello que no sabían cómo quitarse de encima. No entendían por qué tenían que tener y subvencionar una red telemática para los investigadores. Afortunadamente, y a pesar de la falta de entusiasmo y de imaginación de quienes deberían haber acogido el proyecto con algo más de calor, otros consiguieron que la CICYT mantuviera su apoyo. Y así se sigue. ¿Hasta cuándo? Por lo menos hasta RedIRIS II, es decir, hasta siempre.

Uno de los inconvenientes que tiene gestionar iniciativas con la Administración es la lentitud y la inercia en la mayoría de los procesos. Cuesta bastante poner algo en marcha. Pero la ventaja es que, una vez que algo comienza, la propia inercia hace que sea muy difícil pararlo. Por ello creo que la CICYT seguirá sustentando RedIRIS durante bastante tiempo. ¿Bajo qué condiciones?, ¿con qué modelo? Bueno, aquí si que es más difícil saber hasta dónde llega la imaginación. El modelo actual de RedIRIS yo diría que es autonómico light, similar al de nuestras autonomías en sus comienzos, cuando aún no había habido transferencias. Por lo que sé, no existe una asamblea formal de representantes de los diferentes centros usuarios periféricos (incluidos los de Madrid; aquí todos son periféricos, el centro es la CICYT). Pero, además, está Telefónica como socio tecnológico, que colabora con la CICYT para proporcionar una infraestructura de transporte avanzada y que, por tanto, siente que tiene algunas competencias a la hora de tomar ciertas decisiones. ¿Cuáles? Pues, por ejemplo, la del ESPANIX. No deja de ser chocante que Telefónica vetase la conexión de RedIRIS al ESPANIX por motivos no suficientemente convincentes desde el punto de vista técnico. Bueno, esto es sólo anecdótico, lo importante es que las conexiones funcionan y los paquetes viajan sin problemas a la hora de cruzar fronteras.

Finalmente está el CSIC como órgano gestor de la cosa, que es quién hace que la red y sus servicios funcionen bien. Y funcionan bien, bastante bien, creo, a pesar de las incertidumbres respecto a la negociación de los presupuestos anuales, las nuevas contrataciones, etc. He visitado hace algunos meses las instalaciones del Centro de Comunicaciones CSIC-RedIRIS y he de decir que me he quedado gratamente impresionado. Es satisfactorio ver el cambio producido desde la precariedad inicial de las instalaciones que teníamos en Fundesco. También se respira un ambiente de entusiasmo y dedicación por parte de los componentes del equipo técnico, con funciones cada vez más especializadas y con una buena dosis de conocimientos de red. A pesar de los problemas inherentes a la indefinición del modelo de RedIRIS, allí se sigue trabajando con esfuerzo y con ganas. Eso sí, en muchas ocasiones el CSIC ha de repartir vaselina para suavizar las posibles fricciones entre partes diversas. Lo que no está mal, el único inconveniente es que la situación se vuelve a veces tan viscosa que algunos se ponen escurridizos y se van. Así es la vida, unos van y otros vienen; como los paquetes, al final mal que bien todos llegan a alcanzar su destino.

Debo de concluir ya. No sé si me he alargado más de lo debido. Me queda por decir únicamente las dos cosas que me han producido más satisfacción durante mi etapa en la dirección de RedIRIS. La primera es el haber podido mantener la independencia de criterio a la hora de tomar decisiones. A pesar de estar en Fundesco, todas las decisiones (algunas acertadas, otras erróneas) las tomamos al margen de lo que pudiera interesar a la madre Telefónica, en beneficio de los centros afiliados y de sus usuarios. La segunda se refiere al equipo técnico que dirigí, gran parte de los cuales migraron al CSIC para ser luego el germen de la magnífica plantilla actual de RedIRIS. Con todos ellos disfruté verdaderamente realizando un trabajo pionero, emprendedor e imaginativo. Algunos de ellos son ahora mis amigos.


José Barberá
Unisource Iberia
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